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sábado, 17 de enero de 2015

Problemas de sueño en la infancia

Muchos padres de Educación Infantil acudían al Departamento de Orientación preguntando sobre problemas de sueño de sus hijos sobre todo pesadillas y terrores nocturnos.

Bajo el nombre de parasomnias se agrupan todos los fenómenos que se producen durante el sueño, interrumpiéndolo o no, y que son una mezcolanza de estados de sueño y vigilia parcial: sonambulismo, terrores nocturnos, pesadillas, bruxismo, somniloquia y movimientos de automecimiento. 
Por regla general y durante la infancia, las parasomnias no son graves, aunque hay que reconocer que pueden perturbar la vida familiar. La edad en la que tienen mayor incidencia es entre los 3 y los 6 años.

PESADILLAS
Siempre se producen en la segunda mitad de la noche, normalmente al amanecer, y son sueños que generan ansiedad en el niño, que por culpa de ellos se despierta angustiado, gritando y asegurando tener miedo. 
La ventaja de las pesadillas es que el niño es capaz de explicarlas: «Jorge me ha pegado», «El perro me muerde», «El lobo me quiere comer». Esto permite que sus padres puedan asegurarle, por ejemplo, que Jorge o el lobo no están y que «éste es tu cuarto y duermes con Pepito y tus cosas, Papá y mamá están cerca y no tienes por qué tener miedo», de forma que el niño se quede tranquilo.
Por regla general, los episodios duran unas semanas y están relacionados con algún fenómeno externo que ha causado inquietud en el pequeño. Si el niño está traumatizado por algo en concreto, se vuelven repetitivos. Por ejemplo, si lo obligáis a comer y cada comida se convierte en un drama, si se siente acosado de alguna manera… las pesadillas reflejan esa angustia. A medida que disminuye la ansiedad diurna, los episodios también decrecen en intensidad y frecuencia.
Si vuestro hijo tiene pesadillas, no hace falta que consultéis con un médico; basta con que le ayudéis a tranquilizarse: dándole seguridad, vuestro hijo se calmará y lo superará. Lo que no es aconsejable es que llevéis al niño a vuestra cama, porque estropearíais el buen hábito del sueño.

TERRORES NOCTURNOS
Se producen en la primera mitad de la noche, es decir, asociados a un sueño muy profundo, y se caracterizan porque el niño se despierta bruscamente y empieza a gritar como si estuviera sufriendo de una forma sobrehumana. Cuando los padres acuden en su ayuda, lo que ven es a un niño pálido, con sudor frío, aterrorizado y que es incapaz de contactar con la realidad. Por mucho que le digan, el niño no les reconoce y los padres, si no saben qué son los terrores nocturnos, creen que poco menos se va a morir. Sin embargo, no pasa nada: el niño no reacciona, no es consciente de lo que ocurre, porque está profundamente dormido, y no hay más.
Este «horror» suele durar entre 2 y 10 minutos; si os ocurre, no intentéis despertar a vuestro hijo, porque es prácticamente imposible que lo logréis —está profundamente dormido— y, de conseguirlo, sólo empeoraríais las cosas. Al día siguiente, a diferencia de las pesadillas, no se acordará de nada.
¿Qué hacer? Quedaos junto a él para vigilar que no se caiga si se mueve, pero nada más. No tenéis más remedio que esperar a que se le pase intentando mantener la calma. Al igual que las pesadillas, los terrores nocturnos suelen aparecer alrededor de los 2-3 años y ceden espontáneamente al llegar a la adolescencia.
Una advertencia: si acudís y deja de llorar, no se trata de un terror nocturno, sino que está utilizando esa acción para lograr una reacción por vuestra parte. Hay que reeducar su hábito del sueño.
 
SONAMBULISMO
Un caso típico sería el de un niño de 4 o 5 años, que se levanta de la cama, enciende la luz y, andando torpemente y con los ojos abiertos, se dirige al lavabo a hacer pipí, pero en lugar de hacerlo en la taza, lo hace en la bañera o en un zapato (que no os sorprenda, ¡no sería la primera vez que ocurre!). Acto seguido, vuelve a su cuarto, apaga la luz, se mete en cama y sigue durmiendo. A la mañana siguiente no se acuerda de nada.
Este fenómeno suele producirse durante las 3 o 4 primeras horas de sueño y se trata de la repetición automática de conductas aprendidas durante el día, pero estando profundamente dormido, lo que explica que el sonámbulo actúe de una forma torpe e incongruente. La causa de estos episodios se desconoce y no existe un tratamiento para evitarlos. Suele ser más frecuente en las familias con antecedentes de sonambulismo y normalmente desaparece durante la adolescencia.
Dicho esto, es bueno que sepáis que se trata de una alteración benigna y, sobre todo, que no es tan peligrosa como suele creerse. Un sonámbulo nunca se tira por la ventana, en todo caso se confunde y sale por la ventana creyendo que es una puerta. Por ello, si vuestro hijo lo es, deberéis adoptar medidas de seguridad para evitar cualquier accidente fortuito.
¿Qué más hay que hacer? Salvo intentar reconducirlo a la cama, nada. No debéis despertarlo. Aunque no es verdad que pueda morirse del susto, como se cree erróneamente, le aturdiríais: él está durmiendo profundamente y no entendería qué sucede. Lo mejor, pues, es hablarle muy despacio y utilizando frases sencillas: «Vamos a la cama», «Ven conmigo…». No le hagáis preguntas ni intentéis conversar con él. Una vez acostado, dejadlo tranquilo.

BRUXISMO
El bruxismo, también conocido como rechinar de dientes se produce a causa de la tensión acumulada en la zona de la mandíbula que, durante el sueño, produce una descarga de ésta, provocando ese ruido que tanto preocupa a los padres. Sólo habréis de actuar si la contractura es tan importante que provoca daños en los dientes. Para evitarlo, debéis pedir a vuestro dentista que le haga una prótesis dentaria y colocársela a vuestro hijo cada noche. Si no es el caso, no hace falta que hagáis nada: a medida que crezca, el bruxismo desaparecerá.
SOMNILOQUIA
Puede que vuestro hijo grite, llore, ría o hable en sueños, preferentemente durante la madrugada. Lo habitual es que diga palabras sueltas, inteligibles o no, o frases muy cortas, que al día siguiente ni recordará. No hay que hacerle caso porque está durmiendo. ¿Posibles problemas? Que si comparte habitación con alguien, no lo deje dormir, o que si grita, se despierte a sí mismo, aunque en este caso debería ser capaz de volver a conciliar el sueño solo.
MOVIMIENTOS DE AUTOMECIMIENTO
Los más frecuentes son los golpes de la cabeza sobre la almohada y el balanceo de todo el cuerpo estando el pequeño boca abajo. Al parecer se trata de una conducta aprendida para relajarse y conciliar el sueño. Este balanceo, que puede acompañarse de sonidos guturales, suele iniciarse hacia los 9 meses y raramente se prolonga más allá de los 2 años.
Los padres suelen asustarse por la espectacularidad de estos movimientos, que pueden provocar mucho ruido e incluso desplazar la cuna. Sin embargo, no han de preocuparse, salvo que el niño se haga daño. Si se lastima, hay que adoptar medidas para evitarlo. Por ejemplo, si golpea la cabecera de la cuna, «acolchársela» con almohadones, de forma que al golpearse no se haga daño. Si eso le basta, perfecto, pero si ya no logra tranquilizarse o decide darse en los barrotes, consultad con un psicólogo para descartar una posible psicopatología. Otra señal de alarma: que durante el día también se balancee constantemente.
RONQUIDOS

Aunque no se trata de una parasomnia, hay que decir algo
sobre el ronquido, ya que del 7 al 10 por ciento de los niños son roncadores habituales. Si es el caso de vuestro hijo, tened en cuenta que es conveniente que consultéis con un especialista si lo hace de forma persistente y, sobre todo, si notáis que durante el sueño respira con la boca abierta y con cierta dificultad.


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